La curvatura de la córnea

12 mayo 2012

La Traca Teatro y una oruga de Moliere


Había una vez una oruga que llegó al Barrio de Las Fuentes. La oruga quiso conocer el vecindario y caminito caminito cruzó la calle. Al otro lado de la acera se encontró con un cartel que decía: La Fundación Benito Ardid busca profesor de expresión corporal. La oruga no lo dudó y presentó sus credenciales: Estudios en la Escuela de Arte Dramático de Buenos Aires, Hombre Vertiente de día, Shylock veneciano de noche, amigo de Cenicienta, Payaso Imperial y Shakespeare comprimido. El curso fue un éxito y las clases continuaron con improvisaciones teatrales, creación de personajes, memorización de textos y mucha diversión.
La aventura de la interpretación había comenzado y ya no podían parar. La oruga y sus alumnos fundaron La Traca Teatro con la intención de trasladar los buenos ratos de los ensayos hasta el patio de butacas y hacer reír al público. Tras muchas vueltas y revueltas se aliaron con la pluma de Moliere y de entre todas sus obras eligieron “El avaro”, una comedia que mezcla codicia, dineros y amor.
El estreno los llevó hasta el Teatro del Mercado, un espacio muy coqueto en el centro de la ciudad. Los medios de comunicación se hicieron ecos del evento y los periódicos más influyentes escribieron artículos y crónicas sobre la función, los actores y la oruga concedieron entrevistas radiofónicas y sus caras ilustraron las páginas de cultura de bitácoras y páginas Web. El éxito fue rotundo pero le faltaba la guinda en el pastel. La Traca Teatro decidió representar la comedia en el barrio que los vio nacer. Entonces los conocí.
Fue una tarde de paseo encorbatado por la ribera mientras la oruga pedaleaba sobre una Bizi Municipal. ¿Se lo imaginan? ¡Una oruga por el carril bici! Yo tampoco daba crédito a mis ojos, tal vez por eso invadí la trayectoria del Lepidoptero. El frenazo fue de traca y aunque los reflejos de la oruga evitaron el atropello, la bandolera del ciclista fue a parar al suelo y desparramó hojitas de escarola, un bocata de polillas y una biografía de Moliere. Por ahí empezó la conversación. Entre disculpas tartamudas le conté que una vez había interpretado el papel de Argán en “El enfermo imaginario”, que desde entonces no vestía de amarillo y que el genio del Moliere siempre tendría que estar presente en los escenarios de cualquier ciudad. La oruga me entregó un anuncio que rezaba: La Traca Teatro representará “El avaro” de Moliere en el Centro Cívico Salvador Allende el 11 de mayo a las 19 horas. Precios especiales para niños y jubilados. Se ruega puntualidad.
Llegamos quince minutos antes de la hora y la oruga ya estaba allí. Sentada frente al escenario, de espaldas al público. Ocho manos conté, que en los manuales de zoología llaman patas: Dos para los palitos de marcar el ritmo de la función a los sones de un pandero, otras dos para las castañuelas, dos más para golpear el xilófono que subraya las acciones de los actores y aún le quedaban otras dos para pasar las hojas del libreto y atusarse un mechón de pelo rebelde.
Las comedias de Moliere piden a gritos grandes gestos, gestos enormes, suplican idas, venidas y alguna ligera situación estática para retomar el ritmo. Las comedias de Moliere necesitan que los malos sean malos y que los enamorados suspiren, se desmayen y reciten palabras de amor. La Traca Teatro puso todos esos ingredientes y un extra de pasión sobre el escenario por el que pasaron criadas seductoras con escobas macarras y anteojos del revés. Los camareros de postín, enredadas correveydiles, un policía, el escribiente, un cocinero transformista que antes era cochero, el padre perdido, la hija emperifollada, un hermano nuevecito, el avaro, su codicia y dos hijos enamorados de tanto amor como para vencer al dinero, la tacañería y el poder. El público partido de la risa, mi señora perdió el corsé y yo perdí la dentadura, el teléfono y el monedero con el parné.
La comedia llegó al final con traca de aplauso como premio para los actores, a las manos de la oruga, al que puso los focos, a escenográfos pintureros, postizos y peluqueras. La ovación se prolongó hasta que se produjo lo inexplicable.
Del escenario desaparecieron los hombres, las mujeres y los Lepidopteros con forma de oruga, tampoco había actores, ni argentinos con oficio de director. El teatro, con atrezo de crisálidas y bañado por la luz, se llenó de mil mariposas revoloteando en nuestro corazón.

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