La curvatura de la córnea

24 marzo 2012

Full Family en el Albergue Municipal



Estaba a punto de cerrar el estudio cuando sonó el teléfono. Hace unos años no lo hubiera cogido pero ahora, con esta crisis, no puedo permitirme perder ni un solo cliente. Era la voz de un señor mayor que cocoreaba el inicio de cada frase. Recuerdo su nombre sin embargo he olvidado los apellidos que me resultaron largos y suntuosos, con ritmo de nobleza y buenos dineros. Don Rodrigo reclamaba mis servicios para hacer una fotografía familiar y me citó en el Albergue Municipal. Les confieso que me extrañó el aposento y creo que lo notó. Por eso debió explicarme que ya estaba harto de recintos con relumbrón y, que después de girar por todo el mundo, a él le gustaban los lugares poco comunes para gentes de su rango. En este lugar, afirmó, mi familia y yo hemos encontrado cercanía, proximidad y una intensidad nueva para cada una de nuestras palabras.
No paseaba por la calle Predicadores desde que las noches del Vertical, y ustedes disculpen el recuerdo, terminaban horizontales. La fachada del Albergue estaba iluminada con brevedad. En la puerta me esperaba un aciago señor con banda sonora. Era el mayordomo de Don Rodrigo. Con tétrica amabilidad me invitó a que lo acompañara hasta las habitaciones del señor, al parecer quería ponerme al corriente de los motivos que concurrían para hacer la foto familiar y así, concitar mi inspiración.
Don Rodrigo era un caballero de los de antes, ya no se ven hombres de ese porte, viajado, habitante del mundo y al cabo de la calle de las necesidades humanas, sobre todo de los miembros de su familia a los que, azuzado por la curiosidad, fui conociendo uno a uno. El mayordomo, con educada y por momentos siniestra frialdad, me sirvió de guía.
La hija menor se llamaba Carlota. En ella casi todo me pareció fachada, empezando por el peinado y esa amabilidad que nunca lo es tanto. La encontré muy preocupada por la imagen y por algunos medicamentos que por allí asomaban. Tras las presentaciones creo que me confundió con otra persona y no les cuento más que, aunque soy un caballero, tuve que salir por patas de la cercanía de sus apetitos.
Marina era la hija mayor que, además de vivir esclavizada por el runruneo casi vegetal de su madre (Don Rodrigo se separó de su mujer Cocó cuando cumplió los sesenta años), pasa la vida recluida en casa con la obsesión de vigilar a su hijo, el pobre Gonzalo.
Gonzalo está atrapado y sabe que no podrá escapar. Ha pasado la vida atendiendo los caprichos y requerimientos de su madre y aunque lo intenta, su libertad está prendida de los barrotes de una cárcel. Me dio mucha pena, tan desvalido y con tantos sueños por cumplir.
Lucrecia es su prima, la hija de Carlota. Les confieso que tuve miedo. No fue el desorden que la rodea, ni esas ropas negras. Fueron sus ojos. No pude decirle nada porque ella lo ocupaba todo y en los silencios, en esos breves instantes que usaba para respirar, su mirada me taladraba. Salí de su habitación con la extraña sensación de pertenecer a otra dimensión.
Al único hijo varón de Don Rodrigo lo conocí en el huerto. Alonso me confesó que se había ido al campo para dar un giro a su vida y sin embargo, me dio la sensación que alrededor de Alonso lo que de verdad gira es el universo, las alcachofas y la colada.
El Mayordomo, después de conocer a toda la familia, me acompañó al lugar que Don Rodrigo había escogido para hacer la foto. Posaron para mi objetivo sobre un pequeño estrado instalado en una acogedora bodega con barra de bar y precios asequibles.
Disparé varias veces mi cámara digital y, ustedes tal vez piensen que estoy loco, pero a través del objetivo tuve la sensación de observar a una compañía de teatro. Un mayordomo que, como en las buenas películas, tiene todo bajo control y siete actores capaces de transformar los espacios por los que circulan los alojados en el Albergue hasta construir escenarios en las escaleras, los baños y las habitaciones. Subvertir la concepción teatral preestablecida y conseguir que la respiración, el movimiento y las palabras de los personajes sean parte de nosotros mismos, de nuestro aire, de nuestros gestos. Que sus vidas escritas en papel vuelen lejos de las candilejas, de las palabras del apuntador y de esa máquina descomunal que sube y baja el telón de la fama.
Estos pensamientos me distrajeron y de todas las fotos que hice, ninguna le pareció bien a Don Rodrigo que, con tono de cachondeito me despidió con aplausos y palmaditas en la espalda mientras me decía: Seguro que conoces a mucha gente interesada en hacernos una foto de familia.
Por eso les cuento esta historia. Porque la familia de Don Rodrigo y su mayordomo están dispuestos a recibir vuestras visitas:
 DESDE EL 15 DE MARZO AL 1 DE MAYO
JUEVES a las 21h.
VIERNES a las 21h.
SÁBADOS a las 20h. y 21h.
DOMINGOS a las 18:30h.

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