La curvatura de la córnea

26 septiembre 2010

Saltimbanco en Zaragoza



Los nómadas han llegado a la ciudad con sus pelucas de colores y máscaras para saltar. Gajitos de arco iris jalonan un camino que lleva a un lugar dónde la magia cambia monotonía por emoción. Son un ciento de saltimbanquis en el interior de una caja donde nunca se pone el sol.
Adagio de cuerpos entrelazados por las notas de una orquesta con guitarras desgarradas, teclados con cazuelas, un saxo despiadado y una cantante de satén. Sobre la tierra coloreada multitud de lagartijas listadas de verde y naranja que serpentean sobre el suelo, se elevan majestuosas y conquistan cuatro rascacielos que les llevan al cielo. El ciclista recorre la pista de las flores, boca arriba, boca abajo y tocando palmas con los pies. Las ruedas de la vida giran del derecho y del revés. Siete pelotas blancas cruzan el aire, rebotan el suelo, puntitos que forman trazos, trazos para dibujar. La danza es latido en brazos de gaucho sin caballo ni pampa. Amarran boladoras de taconeo, bombo y percusión. Catapulta de mil giros para conquistar las alturas con vuelos de sacacorcho. Imanes en el cuerpo, nudos en los pies, cabellos al viento de dos mujeres que vuelan en un ¡ay! Piedra sobre piedra. La fuerza rocosa hasta el límite del equilibrio. Torsión de los hombres fundidos en metal. Un ballet vertical para el aire. Pájaros blancos de revoloteo, calidoscopio de trapecio y tirabuzón. El mimo travieso de la gorra roja lleva el mundo prendido de las cuerdas vocales, nada necesita, sólo nuestra imaginación, déjala libre, atrévete a saltar. Entonces, el mimo con su magia te hará volar sobre el tedio, nadar hasta el fondo del mar, girar la rueda de la fortuna y cuando menos te lo esperes, vuelta a empezar.

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