La curvatura de la córnea

06 marzo 2010

Slava´s snowshow


El patio de butacas del Teatro Principal de Zaragoza nos recibió en penumbra de azules y el sonido de un tren a punto de partir. Eran las primeras señales para desprendernos de todos los prejuicios, una invitación a tomar asiento y abrir los ojos como antes, cuando parpadear nos regalaba una novedad por segundo. Seguro que a más de uno esa premisa de inocencia le parece ridícula pero, desde mi punto de vista, es un peaje necesario para disfrutar de toda la intensidad que el “Slava´s snowshow” lleva en su interior. Un espectáculo sin una línea narrativa a la que aferrarte, un armonioso mundo visual al sólo puedes llegar a través del corazón.
Las escenas se suceden desde la pequeña dimensión de un gesto hasta la grandilocuencia de todo el teatro convertido en parte del espectáculo. Esa es la gran virtud de Slava Polunin, su capacidad para transmitir emociones desde lo más básico, con su nariz de payaso y una pequeña piedra volante; o hacerlo con la impetuosidad de una gigantesca tela de araña. La magnífica ocupación de los espacios le permite crear el mismo estado de expectación desde lo mínimo — una escoba y un trocito de papel — o desde lo abrumador.
Algunas de las transiciones son representaciones poéticas, regalos personales para interpretar desde la libertad de nuestra propia memoria emocional. Pequeños remansos en los que descansar de la risa tras la muerte del payaso, la sorpresa del payaso menguante y la emoción de un abrazo que de tan solitario, te deja en los aledaños de la lágrima.
El trabajo actoral de todos y cada uno de los participantes es sobresaliente, sustentado en un prodigioso control corporal y gestual que se transforma en caudaloso discurrir comunicativo y, sin embargo, uno de los momentos más brillantes tiene como protagonista exclusivo el sonido, es entonces cuando se chequea la entrega del público que, con la acción de dar palmas, cierra el circuito discursivo que une el desconcierto de la ficción con la presencia real de hombres, mujeres y niños sentados en las butacas.
El espectáculo descansa sobre una sólida ambientación musical y un diseño artístico que tiñe cada momento con la tesitura adecuada para situar al espectador en el lugar desde el que pueden aflorar los sentimientos. Un ejercicio muy difícil si tenemos en cuenta que la ficción de la escena no pretende legitimarse en la realidad de la vida. El objetivo final del “clown” es que las emociones traspasen fronteras, ignoren distancias universales, olviden las barreras del idioma y se conviertan en un salto que vaya desde el escenario hasta la última butaca del gallinero. Una pirueta que no pretende extenderse más allá de las paredes del teatro, sin embargo, fue por esa rendija — entre los recuerdos reales y la pirotecnia escénica — la que me permitió volver a la mirada del niño. Abandoné la tierra de las certezas y me adentré en un mar infestado por tiburones con monopatín. El tobogán generó tanta energía que desbocó en un grito de felicidad: Los brazos en alto y las pulsaciones a la misma velocidad de cuando el invierno cubría de nieve las eras de Los Pajares y, ávido de aventuras, retozaba sobre un manto blanco e impoluto.
Si eres capaz de recordar sensaciones exentas de aditamentos adultos, conservantes TDT y colorantes para teñir la realidad, no lo dudes: Sube al vagón surrealista del “Slava´s snowshow” y dejarte llevar por la magia que aún anida en tu pecho.



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4 Comments:

At 06 marzo, 2010 19:35, Anonymous Anónimo said...

Genial mel espectáculo.
No te ví, claro, entre tanto papelillo...
S. Manrique.

 
At 06 marzo, 2010 20:55, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Sagrario

Yo quedé, literalmente, sepultado.

;-)

Salu2 Córneos.

 
At 07 marzo, 2010 14:09, Blogger arcademonio said...

...impaciente espero en la parada dicho tren con el pecho lleno de magia...infinitos besos de bolsillo...

 
At 10 marzo, 2010 11:30, Blogger Javier López Clemente said...

Hola arcademonio

dichosa la estación dónde habitas
;-)

Salu2 Córneos.

 

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