La curvatura de la córnea

05 diciembre 2009

La Irredenta


La compañía Rompelanzas (España) representó en el Teatro Arbolé “La Irredenta” una obra de Beatriz Mosquera que nos muestra el peligroso territorio de los límites, dónde el libre albedrío se ventila en el filo de la navaja, esa delgada línea que separa las ilusiones razonables de la mordaza de la locura. El trazo vitalista de la vida afrontada como viene, o el fatalismo activo hacia la muerte. La verborrea cotidiana que enmascara la realidad o las palabras grandilocuentes de los próceres. La salvación garantizada por las creencias o una venda en los ojos, que tanto me da comulgar con milagros como caminar a oscuras. La vida en el almirez de “La Irredenta” y un majado grotesco de risas, emociones y el golpe seco del drama.
Una pared enmohecida por las frustraciones. El recuerdo anclado en el marco de una fotografía. Cuatro patas de una silla pegada a la realidad o al balcón de las proclamas. Una palangana para lavar el pasado o amplificar el altavoz de la esperanza. La maleta de viajar al mundo de los sueños. Esa es la geografía de La Irredenta. El espacio donde se conjuga el acto de vivir. Cuatro putas en busca de la libertad. Redimirse del infortunio bajo el amparo de los sueños, y a la hora de soñar somos libres. Libres para imaginar príncipes azules, amores allende los sentidos y un futuro al alcance de la mano. Pero los sueños tienen fecha de caducidad, son efímeros, siempre al albur de los caprichos de la realidad que siempre regresa al canon de lo establecido sobre el tapete de la vida, allí donde los naipes mandan, el lugar donde Dios y Einstein juegan a los dados.
La versión que la compañía Rompelanzas (España) ha puesto en pie de “La irredenta” tiene el pulso narrativo de una dirección de Javier Harguindeguy preocupada por la expresión corporal y el dominio de la palabra. Dos caminos unidos en la expresividad de unos actores que se funden con el espacio escénico hasta formar parte de la dramaturgia mediante la acción y el lenguaje.
Laetitia Bonnematin nos regala un papel melancólico de Luisa, aunque todos la llamen Irredenta, siempre entre la tristeza de vivir y la velada esperanza de un futuro diferente, una mujer perdida que busca un asidero, una cuerda a la que agarrarse. Marcela Alba Plá brilla en su papel de Lola, sus ojos nos trasmiten alegría, desparpajo, inteligencia, ella es la brújula, la guía. Los giros de su voz y una sobresaliente ejecución del texto nos sitúan en los terrenos de la mentira, la ilusión, el sarcasmo y la culpa. Patricia Badian es Azucena, la esperanza en la orbita de su mirada, en el cántico de sus cuerdas vocales. Desde la butaca queremos que triunfe su sueño, estamos con ella, ella nos ha mostrado la esencia de la igualdad y lo justo de sus anhelos. Sergio Marzo interpreta a una Dolores presa de la locura y la sumisión, una cárcel con barrotes de amor platónico.
“La irredenta” nos habla de nosotros, de las esperanzas y los sueños; de la necesidad de mirar hacía adelante. Da igual el señuelo, lo importante, al menos cuando la vida es traicionera, es fijar la vista en la siguiente curva del itinerario porque tal vez, tras ese recodo del camino, encontremos la libertad que hasta entonces se nos había negado.

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