La curvatura de la córnea

29 octubre 2009

La naranja mecánica: Tercera oportunidad

No recuerdo dónde la vi por primera vez. Sin embargo recordaba perfectamente el desasosiego que me provocaron las escenas violentas como señas de identidad del individuo. Hace tres años intenté encontrar el camino al pasado vía DVD, un gin tonic y una bolsa de pistachos en el salón de casa. El experimento no funcionó. Hoy he dejado el recuerdo enlatado y me he enfrentado con una nueva mirada a “La naranja mecánica”, que ha vuelto a los cines para conmemorar el décimo aniversario de la muerte de Kubrick
La película nos muestra la dualidad de los comportamientos humanos y nos plantea la discusión de si esas conductas son parte de nuestro programa genético, y por lo tanto no podemos evitar ser como somos; o por el contrario, nuestras actitudes son consecuencia del aprendizaje.
Es una cuestión muy importante porque si aseguramos que somos “malos” por aprendizaje, es muy fácil aseverar que dejaríamos de serlo por el mismo camino, en esa tesitura estamos muy cerca de permitir que determinados métodos científicos intenten condicionar al individuo para extirparle la maldad, eso si, siempre pensando en el bien común de la sociedad y, por lo tanto, dejando en un segundo plano la importancia de sobrepasar la línea que nos llevaría a la tortura, algo que puede resultar muy fácil de ejecutar desde el poder y el uso legal de la violencia.
El resultado final sería una vida dirigida y, por lo tanto, chocaría con el concepto cristiano del libre albedrío: Si nuestro comportamiento viene determinado por un patrón de aprendizaje que nos programe hacia el concepto “ser bueno”, entonces no se es libre, ni para amar a Dios, ni tampoco para pecar.
El protagonista de la película es malo porque disfruta siéndolo, muestra una maldad fría y exenta de objetivos materiales o de otra índole. Esa posición nos aleja del personaje porque es muy difícil empatizar con alguien que no busca excusas morales para ejercer la violencia.
Sin embargo, la táctica del Ministro es apoyarse en la moralidad porque, ante la previsible mejoría de la imagen de los gobernantes, promocionará la redención del “malo”. Ante la incapacidad de sistema carcelario para reconducir a los presos, el político propone un nuevo método capaz de extirparle el deseo de “ser malo” Un proceso médico-científico que lo recuperará para la sociedad, sin embargo, de vuelta a las calles, el “malo” no nos parece “bueno”, tal vez un “desgraciado” o “un pobre hombre” pero nunca un “chico bueno” En este punto la historia da una vuelta de tuerca y nos muestra que los conceptos “malo” y “bueno” son fáciles de intercambiar en una misma persona.
Pero la maldad de nuestro protagonista se queda diminuta si la enfrentamos con la maldad mostrada por el Ministro del Interior, un tipo capaz de alimentar a la bestia con tal de salvar un previsible mal resultado en las próximas elecciones. No queda en mejor lugar su oponente político, viciado por la venganza personal y el deseo de perjudicar políticamente a su adversario, aunque sea a costa de la vida de un hombre.
La película tiene infinidad de lecturas y todas ellas entroncan con temas de candente actualidad pese a que fue rodada en 1972, y esta basada en una novela de Anthony Burguess de 1965. Es fácil encontrar la profética situación de las desafecciones sentimentales entre padres e hijos, la falta de responsabilidad de aquellos sobre su prole, la intromisión del Estado para coartar las libertades individuales y primar la seguridad, la nula asunción de la responsabilidad propia de cada uno de nosotros, la dificultad del sistema por controlar a los que se salen de las normas establecidas, la arbitrariedad para otorgar el uso de la intimidación de una manera legítima si es el Estado quien la ejerce. En estos temas, y seguramente en otros muchos, radica el interés de esta película de una estética arrebatadora y la genialidad de un director capaz de convertir la más repulsiva violencia en un ballet.



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2 Comments:

At 06 noviembre, 2009 15:20, Blogger Sara Fedrika said...

Hola Javier.

Me parece muy interesante lo que has escrito sobre "la naranja mecánica", aunque también te digo que no he visto la película por darme miedo al haber oído en alguna ocasión la descripción de sus escenas violentas. Temo no poder aguantarlas.
Lo que me parece apasionante es la convivencia entre el bien y el mal en una misma persona, este es un tema que me hace reflexionar mucho y que me intriga. Por supuesto que también he pensado, igual que tú en el origen de ese "mal" y que suponiendo que nuestra raza pueda estirparlo esto se convertiría en el mundo feliz de Aldous Haxley(ahora no me acuerdo si se escribe así)Me intrigan las historias que intentan reflejar este tema, pero temo que la naranja mecánica sea mucho para mí. Hace poco he leído la velocidad de la luz, de Javier Cercas, toca la guerra del Vietnam, la gente buena en esencia que es expuesta a un largo periodo de violencia y que nunca serán los mismos después de aquello.
En fin, que hay mucho que hablar y se me ha acabado el carrete.
Un abrazo.

Excelentes reflexiones. Enhorabuena.

 
At 08 noviembre, 2009 20:23, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Sara.

Si no recuerdo mal, la peli se rodó en 1972. Te aseguro que algunas imágenes de cámara oculta con la que nos regalan los telediarios son más duras. Quizás lo eran hace treinta años, ahora no, además estan conformadas como si de un ballet se tratase.

Todos somos un compendio del bien y del mal, somos héroes y guardamos nuestras pequeñas villanías, pero eso es lo humano. La última novela de Landero, que acabo de empezar, creo que tira por ahí, somos duales, no hay otra.

Gracias por estos comentarios siempres sustanciosos y que dan sentido a esta zona de comentarios, a sus pies, my darling.

Salu2 córneos.

 

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