La curvatura de la córnea

15 julio 2007

Concha Buika en Jaraba

El cierzo de la última quincena fue sustituido por el aire amarillo que nace en el Sahara. Ese un fue otro de los motivos para dejar atrás Zaragoza Ciudad De Exposiciones y llegar hasta dónde el agua, además de correr, produce placer y satisfacción.
El río Mesa enhebraba su tintineo entre los balnearios de Sicilia y Serón formando un pequeño soto a la vera su margen derecha, un delicioso rincón de ribera que invitaba a refugiarse del sol, del asfalto y de los horarios; un remanso de otro siglo dónde abrir un libro y apurar algún licor espirituoso. En la otra orilla, las adustas casas de Jaraba, un prado y el escenario del Festival de Agua.
La primera vez que fui consciente del nombre de Concha Buika fue en un correo electrónico del poeta Alejandro Pastor « ¿Esto es copla?» me preguntaba. Copla y mucho más, le respondí, porque el sonido del segundo disco de esta mallorquina se apoya en el sabor de la canción española pero viene aderezado de limón, flamenco y albahaca.
No tardé en identificar aquella voz como la guinda al wawanko “Bahía negra” editado en el primer disco de Casa Limón, y entonces caí en mi falta de tacto, ¿cómo se me había pasado por alto la cantante elegida para acompañar a tres monstruos como Bebo Valdés al piano, Javier Colina al contrabajo y Piraña a la percusión, todos ellos bajo la dirección de la magistral batuta del productor Javier Limón? Ese era un despiste imperdonable.
El concierto comenzó a cargo de la guitarra flamenca de Daniel López que fue derramando infinidad de sabores entre salitre y mar, luz y color, un comienzo luminoso y que anticipó la excesiva ecualización del sonido, quitándole naturalidad a favor de acústicas metálicas muy alejadas de la calidez que la noche demandaba.
Concha Buika surgió ataviada de blanco vaporoso y un chal granate. Deslumbrante, desgarradora, un prodigio de transmisión. El Porrinas y su cajón llegaron con la tercera canción y se formó el trío perfecto. Un cuadro flamenco de postín, garra y poderío. Para el desván de las preguntas sin respuesta me guardo el siguiente pensamiento ¿Cómo hubiera sido el concierto con esa excelente configuración de trío? Sólo de pensarlo se me escurren las carnes.
Pero Concha Buika ha decidido que la mejor manera de mostrarnos su arte es subirse a la locomotora musical que vino de las manos de Iván González al piano, Alain Pérez al bajo y Enrique Emilio a la batería. Una maquinaria en perfecto estado de funcionamiento que ofrece un viaje de garantías en lo melódico y en lo rítmico, un tren que algunas veces se desboca por pasajes más propios del virtuosismo y la preciosidad, olvidando durante muchos tramos de la actuación los terrenos suaves, sencillos y terrenales. Y es precisamente en las estaciones más naturales, desprovistas de filigranas, dónde se produjeron todos los escalofríos de mi cuerpo: En la cercanía de la piel, en el matiz, en el gesto gitano, en el ahora me ahogo y me marco por derecho un “Ojos Verdes” a capella, ahí, en el paraje de los sentimientos, ahí es dónde Concha Buika traspasa los corazones.


2 Comments:

At 16 julio, 2007 15:43, Blogger Gubia said...

Seguro que esa voz acompañada por buena música hace estremecer. Me apunto a escuchar un poquito más.
Un abrazo.

 
At 16 julio, 2007 16:31, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Gubia.


Desde luego... el clip que acompaña a esta cróinica es un cañonazo de canción con excelente interpretación musical y una producción de terciopelo.

A seguir disfrutando ;-)

Salu2 córneos.

 

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