La curvatura de la córnea

06 abril 2006

La Fila

Demetrio salió de casa a las nueve en punto, la primera mirada callejera se la dedicó al termómetro digital de la farmacia y le fastidió que estuviera estropeado. Bajó por Silvestre Pérez hasta la esquina con Salvador Minguijón, entró en la tahona y compró una baguete de chapata por sesenta y cinco céntimos. El olor de la panadería le puso de tan buen humor que esperó un par de veces hasta que el muñeco verde del semáforo le pareció divertido, mientras tanto, se comió el cuscurro de la barra de pan.
La nueva quiosquera no era muy habladora, sobre todo si la comparaba con Doña Anunciación y su disparatada verborrea capaz de despertar a un muerto. Pero era muy diligente y antes que Demetrio hubiese cerrado la puerta ya le tenía preparado el diario menos independiente de la mañana, el libro cañí de las recetas, un disco de música popular del Chingo-Chango, la enciclopedia de todos los saberes y la penúltima peazo película parsimoniosa de Garci. «Le pongo una bolsa» fue su apresurado saludo.
Demetrio encaró la calle hacía el Parque Torreramona. Nada más abandonar los umbrales del quiosco alzó la vista hasta el cartel amarillo que Frutos Secos El Rincón tiene en la esquina con Leopoldo Romeo. El susto fue morrocotudo.
Todos los días de entre semana encontraba en aquel chaflán una larga fila. Era una hilera silenciosa, una cola muy bien dispuesta dónde cada uno guardaba su turno sin tumultos, ni intentos de colarse. La ringlera se animó con el paso del tiempo y acabó en una bulliciosa congregación de amas de casa y jubilados. Demetrio pasaba junto a sus conciudadanos muy despacio y con el oído lo más fino posible. Lo hacía porque quería descubrir el motivo de aquel rosario que al llegar al portal número 20 se acaba con brusquedad y ante nada. Nada había allí que justificase la cadeneta de parroquianos.
La fila había desaparecido. Demetrio recorrió varias veces la distancia entre la tienda de frutos secos y el número 20 de Salvador Minguijón sin dar crédito a lo que ocurría. Al principio pensó que sería domingo, pero el ajetreo de la calle no era el propio de un día de asueto. ¿Todo aquello sería un mal sueño y estaría a punto de despertar? Entonces lo vio. Era un trozo mal cortado de papel pegado en la pared con cuatro tiras de esparadrapo y que rezaba “Reparto en las puertas del Sabeco”
Demetrio lamentó la mala forma física que le adornaba cuando llegó a la confluencia con Rodrigo Rebolledo y tuvo que parar para poder tomar aire. Había corrido menos de quinientos metros y estaba destrozado. Allí estaba, al alcance de su vista, larga como nunca la había visto, consistente y poderosa. Una serpiente ondulante que se movía a una velocidad inusitada. A tracas y barrancas se situó el último de la fila. Demetrio recuperó su ser y cuando pudo pensar se extraño que nadie le quitara el dudoso honor de ser — se acordó del chiste marino — el del fin.
Intentó descubrir que había al final de tanta sospecha pero no pudo ver nada entre tanta gente en vaivén, así que decidió aguardar a la sorpresa. Demetrio descubrió todo cuando sólo quedaban media docena de clientes. Iba a recibir un ejemplar de prensa gratuita cuando, mire usted por dónde, no llegó a cogerlo porque el último periódico se fue en manos de su predecesor.



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3 Comments:

At 07 abril, 2006 13:00, Blogger Ana C. said...

Me cae bien tu amigo Demetrio, dile de mi parte que "los últimos serán los primeros"

 
At 07 abril, 2006 16:13, Blogger Gubia said...

Si, Demetrio tiene pinta de simpático, espero que sigamos conociendo sus cosillas.

 
At 07 abril, 2006 23:13, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Ana C y Gubia. Un placer encontrarlas por estos pagos.
Con Demetrio tuve una larga relación, intensa y muchas veces explosiva. Aprendí mucho de él y hace un par de semanas estuve a punto de matarlo - en el papel, no os austéis - Pero algo ha pasado y parece que volvemos a tener buena relación.
¿Conocer sus cosillas...? Me gustaría, siempre con permiso de las musas.

 

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