La curvatura de la córnea

19 febrero 2006

Del Vaticano a Campo Marzio


La bruja Sira ya me había avisado: Los romanos no pagan en los transportes públicos, así que hice caso del dicho popular, allá dónde fueres haz lo que vieres, y nos plantamos por la filosa en la puerta de los Museos Vaticanos. Tomamos el autobús 110 en Porta Maggiore, trasbordo en Termini para coger la línea A de metro hasta Octtaviano. Es imposible perderse porque cojas el camino que cojas todas las señales indican hacía San Pietro.
Las bolsas por la cinta de seguridad y nuestro palmito por el arco de detección de metales y otras sospechas. Tras el registro tuvimos que esperar a la cola de una fila políglota. Migue tuvo algún problemilla con su entrada, daba igual como introdujera el ticket en el torno, aquel artilugio se dedicaba a pitar con estridencia y a emitir un destello rojo. Segundos de tensión hasta que llegó un carabinero y todo su repertorio de gestos, lo juro, aquel señor era la personificación de la mímica tópica que se les aplica a los italianos. A cámara lenta, deteniéndose en los detalles, gustándose como un torero, el representante de la autoridad pronunció un lánguido y prolongadísimo «Señora mía», introdujo el comprobante y pies para que os quiero.
Accedimos hasta las galerías del piso superior dónde se exponen los tesoros artísticos del Vaticano. Cruzamos sin detenernos y jurando por estas que volveríamos en otra ocasión para una visita como Dios manda. Paso ligero hasta alcanzar las estrechas escaleras que desembocaban… en los váteres. Pulcros, limpios (los únicos en toda la ciudad) y muy dignos pero, váteres al fin y al cabo. Con tanta precipitación no calamos la pequeña señal que indicaba el acceso al maravilloso lugar que habíamos ido a visitar: La Capilla Sixtina.
Miguel Ángel nunca quiso aceptar el encargo de decorar el techo de aquella capilla, se consideraba un escultor y, sin embargo, pintó entre 1508 y 1512 una de las cumbres artísticas de todos los tiempos. Nueve escenas principales trabajadas al fresco y que podemos calificar de sublimes. Me detuve con detenimiento en cada una de ellas, disfruté de la viveza de sus volúmenes y admiré el soberbio espectáculo que se abría ante mis ojos. La más famosa de todas (La creación de Adán) con esos dedos tan juntitos que sólo están separados por la inmensa distancia entre lo humano, lo divino y un perímetro de profetas y oráculos del mundo antiguo. El cuello forzado para mirar hacía arriba, los músculos quejosos y, pese a todo, seguir escudriñando aquella representación bíblica de la Creación, de la expulsión de Paraíso y el diluvio universal.
Y cuando bajas la mirada para descansar, no puedes, no puedes hacerlo porque te encuentras con esa maravillosa pared que representa el Juicio Final, allí Miguel Ángel utilizó siete años de su vida para acabar con su autorretrato despojado de músculos y huesos, con la piel desmadejada, sin sustento en ningún cuerpo. El genio desollado por las críticas que lo tacharon de obsceno.
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El primer caffé macchiato nos lo tomamos en una terracita de la Via Conciliazone con la Basílica de San Pedro como telón de fondo. Robustas tacitas con los colores del Vaticano y un camarero muy simpático. El precio del descanso fue más barato que dos cortados en tazas de cartón servidos en el Pans & Company del Carrefour Actur de Zaragoza.
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Seguimos despistados a la abundante marabunta que desembocaba en los subterráneos de la Basílica. Paseamos entre tumbas hasta llegar al lugar más concurrido: La sepultura de Juan Pablo II. Allí convivían en perfecta armonía desde el devoto arrodillado hasta el turista fondón que disparaba, sin mucho criterio y a todo tren, la cámara digital. Me detuve frente al Papa polaco y esperé. Cerré los ojos y esperé. Nada, no ocurrió nada. Ninguna emoción recorrió la espina dorsal. ¿Será televisiva la mitomanía que le profeso?
Seguimos la senda de la salida hasta penetrar en el corazón de la Basílica, así, de repente, me encontré bajo el baldaquino que Bernini colocó en medio de la crucería. Me arrebataron sus dimensiones y eso que lo he dibujado en mi mente cada vez que he visto un altar barroco y sus columnas helicoidales.
Quise ver La Piedad pero renuncié a introducirme en aquella maraña informe de turistas que, como yo, sólo imaginamos la genialidad.
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Benedicto XVI se asomó a la ventana y el airecito fresco se paró. La media entrada le aclamó con fervor. No fue la fe que no tengo, ni la devoción, ni un puntazo como el de Santiago y su caballo. Tal vez tuviera que ver con la energía, la sugestión o el subconsciente, no sé, pero en medio de aquella Plaza elíptica sentí como el corazón de todos aquellos peregrinos emitía una poderosa fuerza. Una señora a mi lado rompió a llorar y, lo confieso, durante un segundo miré al cielo para comprobar que todo seguía allí y que el sol, desoyendo a Pitita Ridruejo, no estaba pegando botes.
El Papa nos abandonó, regresó el airecito y yo había comprobado la aseveración que tantas veces pronuncié en el Vicente Calderón, en el Estadi Olimpic, en El Huevo y en la Plaza de Toros de la Misericordia: Este concierto ha sido como una celebración religiosa.
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Regresamos a Roma por el puente Sant´ Angelo hasta toparnos con la Piazza di Pasquino y su deteriorada estatua parlante. Los anticlericales dejaban allí sus mensajes para provocar que el pueblo de Roma se levantara contra los Papas. Con aquel éxito a sus espaldas temí lo peor, ¿se habría convertido ese símbolo de rebeldía en un tablón de anuncios para alquilar habitaciones? Mis temores se disiparon. Todos los mensajes estaban en italiano y me quedé sin empaparme de nada. Un Cristo sostenía el logo hippie de los setenta. Ahora me doy cuenta de lo mucho que ha cambiado el mundo: Un tipo como yo se ha atrevido a colocar en la misma frase las palabras logo y hippie.
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La Piazza Navona tiene el perímetro de un circo. Acoge sin estridencias a turistas, mimos, hombres con zancos, pintores, un bluesman recordando las lágrimas en el cielo de Eric Clapton y decenas de hindúes ofreciendo gafas de sol en tenderetes que impiden disfrutar a tope de las tres lujosas fuentes que adornan una de las plazas más bellas del mundo.
Cuando Pietro, del Café Colombia, nos trajo el machiatto y el lungo el mimo perdió su condición y comenzó a cantar una tarantela. El camarero dejó caer la cuenta muy estirado mientras el improvisado cantante solicitó acompañamiento de palmas pero, ¡ay los turistas!, sólo consiguió una descarga fotográfica.
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En la Piazza Campo dei Fiori quedaban muy pocas flores. Un regimiento de pequeños botijos rodantes limpiaban con agua a presión los restos de lo que las guían califican de “bullicioso mercado al aire libre” Una de aquellas estruendosas máquinas casi atropelló a Migue que se afanaba en rellenar su botella de agua en una de las mil fuentes que crecen por doquier en cualquier rincón de esta ciudad.
Alargamos el paseo hasta el peatonal Ponte Sisto. El río Tiber nos recibió con música de ambulancias y pitidos de atasco, así que decidimos deshacer lo andado para buscar una terraza y probar todas las marcas italianas de birra.

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2 Comments:

At 03 octubre, 2006 02:55, Blogger Luis Rivera said...

No se si lo he escrito y tu lo has leido, pero soy romano, absolutamente romano. Cuando puedo voy, cuando veo algo escrito lo leo t cuando no tengo otra cosa que hacer cierro los ojos y recorro Roma. Eso he ehcho esta noche leyendo tu reseña.

 
At 03 octubre, 2006 11:17, Blogger Javier López Clemente said...

Hola Luis.
Esta bitácora se viste de gala con su visita.
No recuerdo haberte leído nada sobre Roma. Esta seríe romana la colgué ne febreo y por entonces no había descubierto tu blog.
Me alegro de haberte proporcionado ese viajecito y además, si te apetece hay más reseñas de eos días:
http://lacurvaturadelacornea.blogspot.com/2006/02/roma.html#links

http://lacurvaturadelacornea.blogspot.com/2006/02/devocin.html#links

http://lacurvaturadelacornea.blogspot.com/2006/02/del-testaccio-al-moiss.html#links

http://lacurvaturadelacornea.blogspot.com/2006/03/del-popolo-giolitti.html#links

 

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