La curvatura de la córnea

31 enero 2006

Resurrección


Había entrado en la librería Los Portadores de Sueños de la calle Blancas para ayudar a elegir a Los Reyes Magos los libros infantiles de mis sobrinos Javier, Paula y Claudia, pero, antes de ascender al Reino dónde habitan las princesas desconocidas y un manual de campo para conocer los dragones, en la planta baja, me encontré con Resurrección. Lo tomé entre mis manos sin zarandajas, no hubo imantación, fue un gesto frío. Yo no elijo los libros que voy a leer, sólo decido cuales adquiero pero, ¡pobre de mi!, el fallo final esta fuera de mi alcance, son ellos los que me llaman desde las estanterías. Creo que esperan hasta verme preparado para emocionarme con la lectura. Desde que Eduardo Mendoza confesó que él tampoco sabe cual es el siguiente libro que va a ocupar su tiempo, ya no me preocupa esta extraña relación con los volúmenes de mis repisas.
Fui incapaz de elegir los libros infantiles, agobiado por un par de preguntas ¿Qué ocurriría si me dejará de historias, poemas y cánones de todos los pelajes? ¿Qué sucedería si solo leyera esas maravillosas obras para niños dónde todo es fantasía y espléndidas ediciones?
Antes de salir de la librería me coloqué los auriculares del lector mp3. Play. Violadores del Verso me llegaron potentes desde el directo grabado en Aqualung y titulado Tu eres alguien: “El gran hardcore desde Z G Zaragoza Ciudad” ¡Zas! y llegó la conexión: Zeta era un libro de relatos de Manuel Vilas, el preliminar de la novela Magia, o eso recordaba haber leído. Giré sobre mis talones y añadí a la compra los dos títulos mencionados.
Cogí el 30 porque trasladándome en el bus busco mejor en mi memoria y quería encontrar la noticia dónde se reseñaba que Resurrección había ganado el prestigioso premio de poesía Jaime Gil de Biedma. Bajé del 30 sin conseguirlo.
He coincidido con Manuel Vilas en varios eventos y he aprendido de sus conocimientos sobre el mundo de la literatura; desde una charla-recital organizada por la Asociación Aragonesa de Escritores, hasta un minicurso de minirelatos en la minisala de la Fnac. La última vez que crucé palabras con el poeta fue el día después de la presentación de Resurrección en la librería Cálamo, acto al que no pude acudir por culpa de mi horario laboral Non Stop. Fue, de nuevo, en la planta baja de la Fnac, le felicité por el premio recibido pero no pude decirle nada de su obra. Los tres libros que había comprado seguían impasibles, inmóviles, todavía no me habían lanzado su llamada.
Pasaron un par de días hasta que el contestador de mi teléfono móvil me llamó a la barra del bar El Sol dónde consumía el vigésimo tubo, uno por cada capítulo que soy incapaz de escribir. Allí me deslizaba por el amplio escote de la camarera con todos los pensamientos obscenos resbalando de mi mente a la bragueta. La voz marinera de Alejandro Pastor rompió el hechizo. Recitaba un poema, al principio pensé que era de los suyos, pero enseguida escuché ambientes, palabras y épocas que no eran las suyas. Me gustó el texto. La grabación terminaba con una broma que quedaba diluida en un tono más serio que jocoso «Serás cenutrio» decía «haber comprado este libro hace semanas y no haberlo leído todavía» Estaba claro, hablaba de Resurrección.
En el camino de vuelta terminé La aventura de Miguel Littin clandestino en Chile de García Márquez y llegué a casa con la duda de qué libro sería el siguiente. Me esperaba acodado sobre la encimera de la cocina, inclinado lo suficiente como para enseñarme sus encantos, vestía de negro, ese negro tan lejano del luto y tan cercano a la pasión. Comencé a leerlo inmediatamente “Estoy en el MacDonald´s de la Plaza de Zaragoza”, y no paré hasta el final “Eh, mira, mira, ¿qué es esto? La vida. Es la vida” El poemario de Manuel Vilas me cautivó.
Y aquí me veo sentado con la intención de escribirte una reseña de este estupendo libro, pero tengo que dejarte. Los libros de bolsillo de Carver están intentado azotar a Zeta y Magia que se defienden como pueden.. Es una lucha desigual de cuatro contra dos. Así que me veo en la obligación de intervenir para evitar males mayores, y eso que ahora, con la fuerza de los valientes, se suma al par de libros aragoneses el Telón de boca de Juan Goytisolo. ¿Qué habré hecho mal para que mis libros renuncien al diálogo y diriman sus diferencias como matones?

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