La curvatura de la córnea

06 febrero 2026

Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva

 Desde el Heraldo me pidieron que la crítica de esta semana fuera un poco más larga por una cuestión de maquetación en la edición en papel. Al final ese versión más larga solo apareció en la página Web del periódico, que es la dejo en versión texto. La imagen, como siempre, es la versión para la edición en papel.




El lenguaje de los huesos

El dramaturgo alemán Peter Weis definía en 1968 el teatro documento como un trabajo escénico privado de cualquier invención, construido con materiales auténticos y reeditados en la forma pero sin cambios en el contenido. Una estética desde lo real que en el siglo XXI se conecta con el movimiento historiográfico ‘Nueva Historia’, y su empeño en hablar de imaginarios colectivos que se encuentran en la vida privada y cotidiana. Una relación con el pasado que la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich define muy bien: «No me dedico a recoger solo horrores, sino que busco una nueva mirada que haga reflexionar»

La dramaturgia de ‘Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva’ se inicia con una comparación que deja las cosas claras. Si Lorca podía modificar la realidad de su entorno para potenciar la historia que quería contar sobre los escenarios, el compromiso de María San Miguel sincroniza el equilibrio imprescindible entre la verdad científica y las pinceladas estéticas. Ahí radica la importancia de un delicado trabajo actoral que borra la frontera entre actor y personaje para sostener la credibilidad del discurso poético, y al mismo tiempo mostrar el procedimiento de una investigación de arqueología forense: los trabajos preliminares para documentarse con todo tipo de materiales, localizar los lugares donde realizar la excavación y concluir con el proceso de identificación.

Esta manera de introducir información para construir la historia tiene el aroma del teatro de objetos, pero modificando la función clásica que otorga al objeto la importancia de un signo que trasciende la realidad. En este caso  el recuerdo de las pequeñas fotografías de un tiempo en blanco y negro, la profusión de libros impresos con libertad y las herramientas para trabajar en la prospección del subsuelo tienen la vocación dramatúrgica de crear un camino orgánico, una senda que rompe la cuarta pared para que la experiencia del espectador sea inmersiva, olvide sus prejuicios, y entienda desde un razonamiento histórico y humanitario que la recuperación de los restos de nuestros compatriotas es la mejor manera de hacer patria.

La peripecia es la de todos los desaparecidos forzosos que permanecen enterrados en una fosa común, y la manera de contarla sigue las etapas del trabajo científico para que huesos y otros artefactos que todavía esperan en las entrañas de la tierra sean mucho más que números para contabilizar asesinados, y se conviertan en voz, El lenguaje de los huesos cuenta la verdad de los acontecimientos, y allí donde vence el silencio, sopla el aire fresco de esa manera de imaginar que los científicos denominan hipótesis.

La curiosidad aséptica que despierta el espectáculo sufre una metamorfosis final cuando el proceso dramático se divide en dos. Mientras el simbolismo visual sitúa cada hueso en su sitio, la realidad irrumpe en el espacio escénico con el audio de un testimonio que inunda el patio de butacas hasta romperse en una profunda y emotiva ovación.

 

‘Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva’

Calificación: 4 estrellas

Producción: Proyecto 43-2. Creación, dramaturgia y dirección: María San Miguel. Composición colectiva y elenco: Alba Muñoz, Pablo Rodríguez y María San Miguel. Escenografía: Karmen Abarca. Iluminación: Xiqui Rodríguez.

Miércoles 4 de febrero de 2026. Teatro de las Esquinas.

Crítica de la obra ‘Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva’: el lenguaje de los huesos



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