Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva
Desde el Heraldo me pidieron que la crítica de esta semana fuera un poco más larga por una cuestión de maquetación en la edición en papel. Al final ese versión más larga solo apareció en la página Web del periódico, que es la dejo en versión texto. La imagen, como siempre, es la versión para la edición en papel.
El lenguaje
de los huesos
El dramaturgo
alemán Peter Weis definía en
1968 el teatro documento como un trabajo escénico privado de cualquier
invención, construido con materiales auténticos y reeditados en la forma pero
sin cambios en el contenido. Una estética desde lo real que en el siglo XXI se
conecta con el movimiento historiográfico ‘Nueva Historia’, y su empeño en
hablar de imaginarios colectivos que se encuentran en la vida privada y cotidiana.
Una relación con el pasado que la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich
define muy bien: «No me dedico a recoger solo horrores, sino que busco una
nueva mirada que haga reflexionar»
La
dramaturgia de ‘Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva’ se inicia con
una comparación que deja las cosas claras. Si Lorca podía modificar la realidad
de su entorno para potenciar la historia que quería contar sobre los escenarios,
el compromiso de María San Miguel sincroniza el equilibrio imprescindible entre
la verdad científica y las pinceladas estéticas. Ahí radica la importancia de
un delicado trabajo actoral que borra la frontera entre actor y personaje para
sostener la credibilidad del discurso poético, y al mismo tiempo mostrar el
procedimiento de una investigación de arqueología forense: los trabajos
preliminares para documentarse con todo tipo de materiales, localizar los
lugares donde realizar la excavación y concluir con el proceso de
identificación.
Esta manera
de introducir información para construir la historia tiene el aroma del teatro
de objetos, pero modificando la función clásica que otorga al objeto la
importancia de un signo que trasciende la realidad. En este caso el recuerdo de las pequeñas fotografías de un
tiempo en blanco y negro, la profusión de libros impresos con libertad y las
herramientas para trabajar en la prospección del subsuelo tienen la vocación dramatúrgica
de crear un camino orgánico, una senda que rompe la cuarta pared para que la experiencia
del espectador sea inmersiva, olvide sus prejuicios, y entienda desde un
razonamiento histórico y humanitario que la recuperación de los restos de
nuestros compatriotas es la mejor manera de hacer patria.
La peripecia es
la de todos los desaparecidos forzosos que permanecen enterrados en una fosa
común, y la manera de contarla sigue las etapas del trabajo científico para que
huesos y otros artefactos que todavía esperan en las entrañas de la tierra sean
mucho más que números para contabilizar asesinados, y se conviertan en voz, El
lenguaje de los huesos cuenta la verdad de los acontecimientos, y allí donde
vence el silencio, sopla el aire fresco de esa manera de imaginar que los
científicos denominan hipótesis.
La curiosidad
aséptica que despierta el espectáculo sufre una metamorfosis final cuando el
proceso dramático se divide en dos. Mientras el simbolismo visual sitúa cada
hueso en su sitio, la realidad irrumpe en el espacio escénico con el audio de
un testimonio que inunda el patio de butacas hasta romperse en una profunda y
emotiva ovación.
‘Federico. No
hay olvido, ni sueño: carne viva’
Calificación:
4 estrellas
Producción:
Proyecto 43-2. Creación, dramaturgia y dirección: María San Miguel. Composición
colectiva y elenco: Alba Muñoz, Pablo Rodríguez y María San Miguel.
Escenografía: Karmen Abarca. Iluminación: Xiqui Rodríguez.
Miércoles 4
de febrero de 2026. Teatro de las Esquinas.
Crítica de la obra ‘Federico. No hay olvido, ni sueño: carne viva’: el lenguaje de los huesos
Etiquetas: Alba Muñoz, Critica Teatro Heraldo, Karmen Abarca, María San Miguel, Pablo Rodríguez, Proyecto 43-2, Teatro de las esquinas, Xiqui Rodríguez



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